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Lecciones para un mañana mejor [Kees Everheart]

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Lecciones para un mañana mejor [Kees Everheart]

Mensaje por Kakugo Kasuka el Mar Ene 28, 2014 6:20 pm

[Distritos pobres de Magnolia - 09 AM]

El gris era un color que le sentaba especialmente a las tierras en las que viví de pequeño. Aquella mañana los cielos despertaron con una fina capa de nubes que deslumbraban al alzar la mirada hacia ellas. El sol estaba oculto, pero aun así sus rayos de calor y luz se filtraban por alguna de esas obstructoras e iluminaban con ligereza el suelo que había a sus pies. En realidad, no es que el temporal le importara mucho a la gente que vivía por estos lugares. Con solo levantar la cabeza y mirar a un lado y a otro la desgracia ya se presentaba como el personaje principal de una escena de lo más grotesca. Los suelos estaban embadurnados de barro, basura, alquitrán, aceite y quién sabe qué más tipos de cosa. Montañas de basura se acumulaban en diversos puntos de las calles, los que dotaban a estas de un olor de lo más nauseabundo. Las ratas correteaban como locas por estas montañas de deshechos, y los gatos se limitaban a acercarse a ellas para recoger algún que otro resto de alimento que hubiera podido quedar entre ellas. Por supuesto, esta basura no nos pertenecía, no era de nuestra consumición y creación, sino del resto de la ciudad de Magnolia.

Magnolia tendía a ser una ciudad grandiosa, repleta de vida y de magia, con gente vivaracha y alegre que siempre se ayudaba entre sí, tratándose como si todos ellos formaran parte de una gran familia. Al menos así era en los barrios medios y ricos de la ciudad, pero los barrios pobres eran un mundo diferente. Toda ciudad tiene su lado oscuro, y el caso de esta grandiosa ciudad no era diferente. A medida que uno se iba adentrando más y más en la ciudad veía como la riqueza, la vida y la alegría iban en constante disminución: de los ricos a la clase media, de la clase media a la media-baja, de la media-baja a la baja y, finalmente, a aquella zona en la que vivían las gentes que no tenían ningún medio para sobrevivir. Esta última zona era conocida comunmente como "el alcantarillado". Era por eso que éramos nosotros los receptores de los residuos tóxicos y de la gran mayoría de la basura creada por el resto de la ciudad. Por esta razón también éramos conocidos como “las ratas del vertedero”. Yo no era una “rata del vertedero” en todo su significado, ya que no veía aquí durante todo el año. La zona de “Las alcantarillas” estaba protegida y rodeada por soldados que evitaban que los habitantes del lugar saliéramos hacia los distritos exteriores (la barrera estaba formada a partir de los límites de los distritos bajos); sin embargo, con mi pequeño tamaño, mi loable velocidad y mi agilidad me era posible pasar desapercibido entre ellos y colarme por el resto de zonas de Magnolia. Sin embargo, siempre acababa volviendo aquí. ¿Por qué? Porque consideraba que era mi casa, consideraba que este era el lugar en el que mejor estaba un deshecho de infante como yo.

Por supuesto, no es que aquel lugar estuviera en unas alcantarillas, un vertedero en su significado literal ni nada parecido, tan solo era un símil que utilizaban aquellos que la despreciaban para definir su suciedad, su mal olor y la falta de higiene entre sus habitantes, entre muchas otras cosas. Aquí era donde se reunía la delincuencia y la desgracia en proporciones inimaginables, incluso era el lugar de reunión de bandas delictivas que en realidad tenían familias en alguna de las otras zonas. Tan solo iban a aquel lugar como si fuera su patio de recreo, para burlarse de los que realmente se veían obligados a vivir ahí, a hacer sus males y jugar con la desgracia y la tristeza de gente que no les importaba lo más mínimo. Eran jóvenes de entre quince y treinta años, aproximadamente, y todo lo que hacían era: golpear a ancianos desamparados, molestar a los niños, torturar a animales (esto es algo que se me olvidó añadir: "el alcantarillado" era una zona abundante en gatos, ratas, insectos y algún tipo extraño de reptil), incluso cosas mucho peores, como violaciones a mujeres y jóvenes desamparadas. A nadie le importaba lo que le pasara a la gente de esta zona de Magnolia, pues no eran más que una molestia y una mala imagen de la ciudad. En pocas palabras: los pecados y los delitos que se cometieran en este lugar pasarían completamente desapercibidos y no serían castigados. Por supuesto, esta no era una ley escrita explícitamente, pero estaba en mente de todos que así era la realidad.

Aquella mañana fui yo uno de los objetivos de aquellas cacerías a las que los bándalos jugaban con nosotros, “las ratas del vertedero”. Había vuelto a este lugar apenas hacía unos días, después de un par de semanas vagando por los distritos nobles y medios, y ya me había metido en más de un lío con aquellos sujetos que buscaban jugar con nosotros y con nuestras vidas. Esta vez me lo había buscado yo mismo. Poco después de despertarme en uno de los escasos (y casi lujosos, cabría añadir) cartones que habían por el distrito, sobre las nueve de la mañana, me incorporé y empecé a dirigir mis pasos hacia la montaña principal de basura, para ver si podía encontrar algo que fuera comestible para llenar mi pequeño estómago vacío. Sin embargo, cuando pasé por el lado de un pequeño callejón me paré en seco: lo que vi ahí no me agradaba en absoluto. Un grupo de cinco o seis muchachos vestidos con ropas normales (por lo que era deducible que venían del exterior) se encontraban alrededor de algo que no podía ver, pues me era tapado por sus grandes cuerpos, y parecían juguetear o hacer algo con esto. Clavé la mirada en el suelo y miré a su alrededor, logrando ver tan solo sangre y vísceras. ¿Sangre...? ¿Vísceras...? No tardé en descubrir el cuerpo destripado de un pequeño felino, el cual ya había sido asesinado brutalmente y dejado a un lado del grupo, Los ojos azulados de ese pequeño gato se clavaron directamente en mi corazón, como si me pidieran que cesara la brutalidad que aquellos salvajes estaban llevando a cabo. No era difícil comprender qué estaban haciendo: maltrataban a los animales y descargaban sus instintos asesinos y brutales sobre ellos. ¿Dónde iban a hacerlo si no? Al fin y al cabo estábamos en “Las alcantarillas”, nada de lo que pasara aquí iba a saberse fuera. Pero aun así... aun así...

-¡¡Dejad en paz al gatito!! ¡¡Él no os ha hecho nada, no le hagáis daño!!-verberó mi voz aguda, infantil, con gran fuerza.

Al instante siguiente a que estas palabras fueran percibidas por aquellos personajes, estos ya se estaban girando en mi dirección para descubrir qué estúpida persona se atrevía a interrumpirles en su diversión. Segundos después empezaron a reir y no dejaban de soltar cosas como: ”¡Anda, si es un niño amigo de los gatos” o ”¡No te preocupes, que después te mandamos con ellos!”. Al tiempo que decían estas cosas alguno de esos personajes se puso en pie y dejó entre sus piernas un pequeño hueco por el que podía ver al pequeño animal tirado en el suelo, mientras era cogido por las patas por alguno de esos malhechores. Según lo que podía ver desde la posición en la que me encontraba el animal aun se encontraba bien, apenas tenía una pequeña herida en el vientre (habían empezado a rajarle), pero no era profuna en absoluto. Por el momento.

Mientras los macabros personajes seguían riéndose de mí y soltando comentarios molestos y terroríficos yo me limité a apretar mis pequeños puñitos y asentir con fuerza y seguridad. En apenas un instante, en mis deditos de la mano derecha se empezaron a formar hilos de color azabache, los cuales con un movimiento brusco de susodicha mano salieron disparados en dirección al gato que aun seguía vivo. Con los de la mano izquierda hice lo propio hacia el que ya había sido destripado, pero cuyo cuerpo al menos permanecía unido. El peso de ambos animales era muy escaso, el del animal muerto a causa de la carencia de lo que llevaba en el interior y el del gato vivo debido a que aun era una cría y además estaba en un estado raquítico, por lo que no me supuso un esfuerzo muy grande el traerlos hacia mí. Una vez se hubieron pegado a los cuerpos de los animales, aquellos hilos se retrajeron y acercaron hasta mi cuerpo, permitiéndome abrazar los dos cuerpos animales con mis brazos (y por lo tanto, embadurnándome de sangre). Al segundo siguiente me di la vuelta y empecé a correr como un loco perseguido por el diablo. Tenía unos segundos antes de que las bestias se recompusieran y empezaran a perseguirme, esperaba al menos conseguir algunos metros de distancia.

La cacería había dado comienzo.

Spoiler:
Nombre del hechizo: Yami no Ichiren (Hilos de oscuridad) (Activa)

Clase de Magia: Elemental de oscuridad

Descripción del hechizo: desde los cinco dedos de cualquiera de las dos manos de Kasuka salen disparados cinco finos hilos que avanzan hasta llegar a un lugar donde pegarse (ya sea una pared, un objeto, el techo...). Estos hilos sirven tanto para retraerlos y hacer que el objeto al que se han pegado vaya hasta las manos de Kasuka (objetos poco pesados, menos de diez kilógramos) como para contraerse y hacer que sea el propio Kasuka el que se acerque a gran velodicad hacia el lugar donde se hayan pegado los hilos (esto sirve para hacer cambios de dirección, para pegarse al techo... entre otras cosas).

Duración/Limitaciones: Kasuka podrá crear y lanzar estos hilos durante tres turnos, y habrá de esperar otros dos turnos antes de poder volver a usarlos. Los hilos se pueden estirar un máximo de diez metros, pero tienen una gran resistencia, por lo que es difícil romperlos (y obviamente el peso de Kasuka no lo hará), pero a mayor distancia se estiren más fácil se volverá el quebrarlos.
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Re: Lecciones para un mañana mejor [Kees Everheart]

Mensaje por Kees Everheart el Vie Feb 07, 2014 7:40 pm

El día a día como caballero de la runa no era algo simple de manejar, los soldados tenían que levantarse para probar una comida por debajo del sabor decente pero con alto contenido de vitaminas, darse una ducha en cuestión de segundos y con agua que raramente llegaba a calentarse, a esto se le sumaban las barracas que estaban atestadas hasta el límite, los uniformes incómodos y de mal gusto, entrenamientos matutinos que muchas veces rayaban en lo inhumano bajo las estrictas órdenes de magos que apenas "superaban" el poder del raso y todo para terminar con la mala suerte de tener que recorrer las calles de las diferentes ciudades en patrullas que rara vez servían de algo o encontraban un escenario interesante. Una rutina larga y estresante que lentamente acababa con la sanidad de inclusive los más aptos, una rutina que había eliminado muchas de las esperanzas del joven Everheart de encontrar algo capaz de llamar su atención pero que a la vez lo alentaba a buscar ascender lo más pronto posible para salir de ese abrumador purgatorio militar.

Pero por sobre todos los castigos posibles, había una tortura descomunalmente superior, una parte de su trabajo que sin duda era la mas tortuosa y por una diferencia abismal y se presentaba tras la hora de la comida de los domingos, cuando todos los soldados eran formados en grupos y divididos en escuadrones a los cuales se les asignaba una ciudad y una ruta de control para realizar el patrullaje semanal. Independientemente de que todas las patrullas estaban destinadas a ser azotadas por el sol y las largas caminatas había que tomar en cuenta que existían secciones que nadie quería tomar, aquellas que o tenían demasiados problemas o simplemente correspondían a un peligro inminente incluso para batallones enteros, algunos los llamaban basureros, otros barrios bajos... sin lugar a dudas eran los lugares oscuros y olvidados que todas las grandes ciudades mágicas intentaban ocultar y de entre ellos sobresalía el de Magnolia que aun con la presencia de Fairy Tail parecía estar inundada de gente moribunda y magos pervertidos por la falta de éxito, un lugar donde el pobre podía ser tan cruel como el rico, el lugar al que Kees Everheart y su tropa habían sido asignados esa semana.

Los recorridos eran siempre los mismos y debían llevarse a cabo con al menos 6 miembros para evitar correr riesgo, sin embargo no cabía menor duda de que con las rutas seleccionadas había varias áreas que quedaban completamente ignoradas, principalmente donde se llevaban a cabo la mayor parte de los crímenes que siempre involucraban la muerte de la gente de menores recursos, como si el gobierno mismo ignorara estos pues de una manera u otra correspondían a un problema menos que administrar, una manera sucia y cruel de ver la administración pero que Kees comprendía muy bien gracias a las enseñanzas familiares. De hecho no solo entendía tales situaciones sino que había decidido tomarlas en cuenta para su patrullaje, tenía un plan que llevar a cabo y ese era romper el esquema, demostrar que podía mejorar el sistema y aumentar el índice de éxito de cada actividad realizada por el consejo, para ello lo primero que haría sería corregir ese error tan básico y tan sádico.

Los primeros dos días siguió la ruta al pie de la letra pero anoto en un mapa cada una de las secciones que eran ignoradas y evitadas haciendo un perfecto plano de las áreas oscuras y el índice de riesgo que cada una tenía (al revisar registros criminales previos de la ciudad) hasta poder centrar las áreas rojas que correspondían a los lugares donde los asesinatos y abusos sucedían más a menudo.
El tercer día llegó y apenas iniciada su rutina hizo lo propio para escapar de su grupo, cuando menos se fijaban y sin que pudieran notarlo, para así hacer su propia guardia en los barrios desiertos de la ciudad de Magnolia.

Paso con paso se adentró en el barrio más pobre de la ciudad, su uniforme militar tenía una camisa blanca y un chaleco negro, un pantalón violáceo y unas botas de combate negras. Por encima llevaba lo que correspondía a la túnica oficial de los caballeros de la runa que simulaba la de un sacerdote y llevaba tonos blancos y albicelestes además del escudo oficial de la organización, adornada con una larga capa blanca y un sombrero que al rubio siempre se le hizo ridículo y claramente le disgustaba llevar. A diferencia de otros soldados el no portaba el báculo estandarizado sino una katana que había heredado de su familia y que tras algunas pruebas había logrado mantener gracias a la maestría que había demostrado con la misma. Esto hacía que los pobres y malvivientes notaran más su presencia, sintiendo una especie de rayo de luz que los obligaba a mirar con sentimientos encontrados al soldado de la "luz" mientras éste, en cambio, los miraba a todos con un gesto que no delataba sus verdaderas emociones que oscilaban entra la pena y el coraje, entre la desdicha y el rencor que crecía hacia los actos desprendidos e injustos que la sociedad llevaba a cabo. De hecho, tanto fue su pesar que no logró notar que al final de la calle se había iniciado una persecución, en la que la víctima corría velozmente hacia su persona perseguida por lo que en realidad eran chicos de alta clase que aprovechaban su jerarquía para divertirse con los pobres del lugar, animales y humanos por igual.

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