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La confabulación del agua, la sombra, el trueno y el viento [Zafir Thempesta]

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La confabulación del agua, la sombra, el trueno y el viento [Zafir Thempesta]

Mensaje por Kakugo Kasuka el Lun Ene 27, 2014 10:37 pm

Uno no era suficiente, cuatro fueron los elementos que se unieron aquella noche y formaron una simbiosis que merecía recibir el nombre de "pesadilla". Un cielo tan oscuro como el más profundo de los abismos, un viento tan fiero como los peores soplidos de Eolo, una lluvia tan intensa como la que propiciara el diluvio universal, y unos truenos tan fugaces a y sonoros que parecían estar hechos con la intención de reproducir la sinfonía más rocambolesca de la historia. Uno, dos, tres y cuatro. No era difícil divisar al director orquestal controlando cada uno de esos elementos y dándoles su papel en medio de la obra musical.

El viento silvando, yendo y volviendo, aumentando y bajando en diferentes intensidades, con un sonido que variaba entre el agudo y el grave y que podía compararle tanto al fagot como al clarinete. La lluvia: chispeante, ligera, pero rápida y abundante como ninguno de sus hermanos, el perfecto piano que la propia naturaleza había creado, chocando contra distintos materiales y creando todo tipo de notas y sonidos. Simplemente, magnífica. Los truenos: el percutor por excelencia, el timbal poderoso, un solo golpe de este servía para propagarse en el tiempo y en el espacio por varios segundos, por lo que varios golpes seguidos servían para convertirle en el mayor protagonista de la pieza musical. Pero aun faltaba un participante, el partícipe que todo lo ignoraba y al que todos ignoraban: la oscuridad, el silencio. ¿Qué era una pieza musical sin silencio alguno? Nada, banalidad, destrucción y de nuevo nada. No se podía tildar a tal blasfema creación de arte. ¿Era la sombra el más importante componente, el unificador, el gran espacio en el que el resto de participantes podían dar lugar a sus grandes dotes artísticas? Sí. La respuesta era absoluta: sí.

Pero de todos es sabido que las obras de arte, de cualquier modo, no son entendidas por todos por igual. Hay personas a las que una pintura les parece maravillosa, mientras que a otras les parece una aberración. Una canción puede ser tan perfecta como desdeñable, y lo mismo se puede decir de un libro o un poema. Del mismo modo, las tormentas no son del agrado de todos, había (y hay) personas que las personificaban como el mayor de los terrores. En especial los niños, ay: esos pobres niños que en sus casas se meten debajo de la manta cada vez que escuchan uno de esos truenos retumbando en sus oídos, por muy lejos que se encuentre. Y si los niños cobijados y escondidos reaccionan así, ¿Os imagináis como habría de hacerlo un niño pequeño y desamparado en las calles? Yo sí, por supuesto que lo hago, porque lo vi con mis propios ojos y lo sentí en mi propia piel.

Para aquellas personas que callejeábamos por las calles de Magnolia las noches de tormenta eran de lo peor. Nunca sabías cuando uno de esos rayos iba a caer cerca tuyo e iba a incendiar cualquier cosa inflamable que hubiera a tu alrededor, por lo que lo mejor que podías hacer era correr y buscar un lugar en el que resguardarte bajo techo (algo que solo podían hacer los más suertudos, por supuesto) o simplemente rendirte al destino y dejar que pasara lo que tuviera que pasar. Esta última opción no era opción para mí. ¿Por qué? ¿Acaso lo olvidáis? Yo siempre fui ese niño al que la suerte le dio la espalda, el que debió ver un gato negro para que el infortunio se le pegara no solo por unos pocos días, sino para el resto de su vida. Sí, así era conocido incluso en aquellas calles. Todos eran conscientes lo peligroso que era estar cerca de mí en estos días tormentosos. La explicación era fácil: si había una mínima posibilidad de que cayera un rayo a mi alrededor, caería. Probablemente no me daría a mí, sino a alguien cercano a mi posición, pero al fin y al cabo caería. Y a mí me volvían loco esos relámpagos persecutores. El solo escuchar su sonido atronador o el solo ver su fugaz iluminación ya hacían que diera un bote y me volviera loco, y la unión de ambos factores conseguían hacerlo en un grado mucho mayor. Locura doble a la mitad de precio, eso sí que era una "buena oferta".

Por eso no podía parar de correr ni un segundo. Las noches tormentosas eran especialmente agotadoras para mí porque todo lo que hacía era correr, correr y correr huyendo de mi destino, sin descanso. Los relámpagos caían a mi espalda, y todo lo que se podía ver de mí era mi pequeña figura gritando desesperadamente mientras cerraba los ojos y corría todo lo rápido que podía. ¿Gracioso? Puede. ¿Divertido? En absoluto. No solía tener fuerzas suficientes para correr por largo tiempo seguido, así que después de varios minutos de carrera tenía que escaparme y sufrir el tormento mientras recuperaba el aliento, tras lo que mis piernas se volvían a mover frenéticamente y mis cuerdas vocales vibraban con toda su furia para reproducir el grito más horroroso y fuerte que estuviera en mis posibilidades. Sí, definitivamente siempre odié ese tipo de noches tormentosas, porque me hacían sufrir al que más y gastaban toda la energía que podría haber utilizado en otras circunstancias para un día entero.

Y aquella noche, la noche en la que estos hechos se sucedieron, era de ese tipo de noches. Del peor tipo que podáis imaginar, y yo me encontraba corriendo más desesperado de lo que lo había hecho nunca. La cercanía de los rayos era mejor, su rugido atronador más fuerte, los vientos huracanados más fríos y las gotas de lluvia helada más afiladas que nunca. No sabía cuánto tiempo duraría corriendo como un loco por aquellas calles antes de ser freído, pero seguro que si me paraba a descansar en esta ocasión no llegaría a conocer el mañana.

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Re: La confabulación del agua, la sombra, el trueno y el viento [Zafir Thempesta]

Mensaje por Invitado el Mar Ene 28, 2014 8:06 pm

Noche de tormenta en las calles de Magnolia , noche de gritos y llantos en la cuna de las madres que protegían a sus hijos de las mas oscuras pesadillas. Mas ... no todas las pesadillas habitaban en las cabezas de los pequeños , y no tan pequeños ya que muchos de los protectores padres sufrían en sus huesos el miedo a la estruendosa tormenta , también había pesadillas andantes , pesadillas que vivían en el día a día , pesadillas con vida. Todo lo que esta en nuestra mente al fin y al cabo es un reflejo de algo que hemos visto , oído ,vivido o sentido por lo que incluso las pesadillas tienen su cabida en este mundo , incluso el peor de los males tiene su “ Por qué”. A fin de cuentas el mal y el terror es una cicatriz que el mundo lleva consigo desde los orígenes de este ¿No? .

  Y hablando de cicatrices… hoy me dolían mas que nunca , la humedad del ambiente hacia que estas se contrajeran algo mas y esto me daba un dolor que si bien era fácil de aguantar no era muy agradable , aun así para mi era indiferente , estaba acostumbrado a mil penurias y algo así era el pan mío de cada día. Así que allí estaba yo , con mi típica camisa a medio desabrochar ,mostrando algunas cicatrices de mi torso , que llegaba con gran orgullo como si medallas de guerra se tratasen, con mi pantalón de traje negro algo mojado por la parte inferior y con mi chaqueta que llevaba caída en los hombros , me agobiaba ponérmela pero me gustaba demasiado para no llevarla. Tras de mi el sonar de mil y un truenos que parecían que se habían puesto al compás de mis pasos , el mundo entero bailaba conmigo esta noche.

   Noche silenciosa si no llega a ser por aquel viento huracanado y aquellos feroces truenos , sin embargo esa composición sonora fue rota por las voces de ¿Un niño?. Así era , alce la vista y vi cruzar por la calle principal de la ciudad a un joven ,el cual no paraba de gritar y llorar, que corría y corría sin cesar como si quisiese escapar de algo de lo que es imposible dejar atrás. No se porque me decidí a seguirlo , no se porque mi pie derecho empujó al izquierdo hasta ponerme rumbo a su camino , lo que si sé es que ese niño había roto mi momento , mi noche , mi tempestad…

   El niño era rápido para que engañarnos , había cruzado la calle entera y luego había doblado a la izquierda metiéndose en lo que parecía un callejón , si quería detenerlo no podía ir andando , bien se sabe que no estaba dispuesto a correr para perseguir a un niñato , por lo que mire la altura de los tejados para calcular la distancia. Tras eso desenfunde mis dos armas , que tenia bien acomodadas en unas cartucheras a ambos lados de mi cintura , y apretando el gatillo apuntando hacia abajo hice que una ráfaga de energía saliera del cañón de estas y me impulsara hacia los tejados en los que caí con suavidad , no era la primera vez que hacia esto. El sonar del disparo había sonado como el mas atronador de los truenos de aquella noche y seguro que habría encogido el corazón de mas de uno.
 Pasaron pocos mas de 10 minutos hasta que a mis oídos llegaron los sollozos inconfundibles de aquel joven , estaba justo debajo de mi al final de un callejón sin salida. Me coloque en una posición algo mas erguida y puse mis manos en los bolsillos de mis pantalones , tras eso patee una teja que estaba mal colocada haciendo que cayera a escasos centímetros del joven con el fin de llamar su atención.

-Esta es mi noche… no permito que nadie la estropee..-Dije con una voz algo ronca y apagada pero que guardaba una perfecta armonía – y tus llantos la han privado de su belleza..-finalicé de hablar en el mismo momento que un rayo ilumino toda mi figura desde atrás , mostrando en claro-sombra todo mi contorno y con el mis cicatrices.

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Re: La confabulación del agua, la sombra, el trueno y el viento [Zafir Thempesta]

Mensaje por Kakugo Kasuka el Jue Ene 30, 2014 5:40 pm

A cada pisada un chapoteo, a cada respiración un jadeo. Mis pies, moviéndose frenéticamente, no dejaban de impactar sobre los abundantes charcos que habían a lo largo de la calle, reproduciendo el intenso sonido de mis pisadas y haciendo casi que se me pudiera oír desde cualquier escondite del lugar. Por suerte, a cada rato un nuevo trueno escondía mis pisadas delatoras y se superponía a ellas con grandiosidad. No había nada por las calles: nada ni nadie. Los puestos de los comerciantes, por supuesto, estaban cerrados a cal y canto. Las ratas que solían corretear y gritar por los callejones se habían escondido en sus madrigueras, aterradas también por el oscuro temporal. Incluso los niños callejeros, que en algunas noches de lluvia salían a jugar y a reír bajo esta, se habían visto consternados por la fuerza de la tormenta que nos acechaba esta noche. Estaba solo, completamente solo, con un cuerpo débil y dolorido, sin fuerza, sin resistencia, sabiendo que en cualquier momento yo acabaría por desfallecer y mi cuerpo quedaría tendido en el suelo sin nada para protegerme de los relampagueantes enemigos que resplandecían por encima de mi cabeza.

Era como si mi cuerpo se encontrara entre el borde de la vida y de la muerte, y ya sabía demasiado bien cuál sería el lugar al que alguien como yo iría a parar una vez no tuviera lugar en el mundo de los vivos. El infierno en vida previene del infierno en muerte. Aquello que yo estaba viviendo, lo que viví desde la temprana edad de los cuatro años, no era más que un castigo por mis malos actos, por mis pecados cometidos. A veces no podía evitar preguntarme si no habría muerto yo también junto a mis padres, después de que murieran en mis manos, y todo lo que había vivido desde entonces no era más que una tortura infernal creada en las tierras del purgatorio. Una quimera. Pero si lo era... cuan terrible y odiosa podría ser la gente que viviera allí. Sí, los demonios, esos seres de corazones oscuros y de intenciones macabras, de ojos bañados en sangre y cuerpos deformados para asemejarse a sus propios espíritus, seres del inframundo que no saben disfrutar de otra cosa que no sea del dolor ajeno, de la muerte y del pecado. Este tipo de personajes eran bastante conocidos para mí, había conocido a varios de ellos en las calles. No os confundáis, por supuesto que no vi un demonio tal cual, pero estoy seguro de que alguna de las personas que viven en este mundo están poseídas por ellos. Si no fuera así, ¿Cómo iban a ser tan viles los humanos? ¿Cómo iban a ser tan faltos de moral y corazón? ¿Cómo iban a poder arrebatar otras vidas con la facilidad de un movimiento de mano sin siquiera arrepentirse? No. Aquello era algo inconcebible para algo que no fuera un demonio.

Dejando de lado los pensamientos sobre demonios y maldades, mi mente dio un salto asustadizo cuando de repente cayó un rayo a mi lado, apenas a unos tres metros de donde yo me encontraba. Al sentir el poder de aquel relámpago tan de cerca no pude esconder un intenso grito, di un gran bote para acompañarlo y finalmente quedé quieto, de cuclillas y abrazándome a mí mismo en medio de la calle. El impacto había sido sobre lo que solía ser el establecimiento de la panadería: un local cuya composición predominante era de madera. De este modo, tal y como se podía esperar, el relámpago atravesó aquellos tablones e hizo que el lugar estallara en llamas, con un fulgor anaranjado-rojizo que se convertía segundo a segundo en una intensa fuente de calor. En cuanto mi mirada se dirigió hacia ahí y vio como el fuego empezaba a propagarse no pude evitar dibujar una mueca entre mis labios, la cual se fue desfigurando y acabó siendo la mayor demostración de pavor que podía expresar en ese momento. Eso y un grito de gran fuerza que acabó saliendo de entre ellos al segundo siguiente. Sonó algo como: "¡¡¡Abuuuuuaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhh!!!".

Por supuesto, en el mismo instante en el que el grito se propagaba por el aire mis piernas volvían a estirarse a la velocidad del rayo y se movían frenéticamente, poniéndome a la carrera instantáneamente. Tan brusco fue el levantarme y volver a correr que sin siquiera haber dado dos pasos me resbalé y caí al suelo de bruces. A pesar del dolor, seguía consciente de aquello que en ese momento tenía a mis espaldas, por lo que utilicé toda mi fuerza de voluntad y un gran esfuerzo físico para ignorar el dolor de la caída, incorporarme y volver a salir corriendo como un demente sin rumbo. No, sin rumbo no, porque mis pasos sabían que todo lo que quería era alejarme cuanto fuera posible de aquella terrible escena. No me hacía ninguna ilusión ser atrapado por el fuego, aunque los rayos siguieran siendo un problema mayor. Mis pasos me adentraron en el interior de lo que parecía ser un estrecho callejón. Mi pequeño cuerpo podía pasar por él sin problemas, pero si se hubiera tratado de la figura de un adulto mínimamente corpulento seguro que no lo habría tenido tan fácil. Sin embargo, de poco me sirvió el adentrarme en este lugar. Cuando ya había recorrido cerca de treinta metros pude ver como a unos pocos metros por delante de mí se erguía una gruesa y alta pared, lo que indicaba que este era un callejón sin salida. De nuevo apareció la misma mueca de antes: la mueca del pavor, lo que indicó que no me hacía ninguna gracia tener que darme la vuelta y volver al lugar donde las llamas se propagaban (o habrían sido sofocadas por la lluvia).

Sin saber lo que hacer, mientras mi cuerpo aun estaba paralizado por la incertidumbre, un movimiento por encima de mi cabeza me llamó la atención. Instintivamente di un ligero salto hacia atrás, lo que me permitió ver como una teja caía al suelo a poco más de metro y medio de mí. Si me hubiera quedado quieto no me habría golpeado, pero habría pasado casi rozándome. Como un loco, en cuanto vi eso empecé a mirar primero a mi alrededor: izquierda, derecha, delante y detrás; y en cuanto comprendí (más bien visualicé) que la teja había venido desde arriba alcé el gesto hacia susodicha dirección y... quedé con la boca abierta. Ahí había alguien. Había alguien. Alguien me miraba. Alguien. Alguien que no me transmitía buenas vibraciones. Alguien. Alguien cuyas palabras hicieron que todo mi cuerpo sufriera un grave escalofrío. Alguien terrorífico. Alguien malvado. Alguien en cuyos ojos se veía el más puro instinto salvaje, el más oscuro de los sentimientos y el más poderoso de los males. Alguien malo. Alguien oscuro. Alguien diabólico. Aquella persona no podía ser otra cosa que...

-Un... un... un... un...-ni yo quería aceptarlo, pero cuanto más tiempo tardara en darme cuenta y reaccionar estaría en un mayor peligro- ¡¡¡¡¡¡¡UN DEMONIOOOOO!!!!!!!!

Mi grito fue más intenso que cualquiera de los anteriores que hubieran salido de mi garganta. En efecto: la visión de aquel sujeto bañado en sombras y tan solo visible por los relámpagos caprichosos, que iban y venían segundo a segundo, junto a las cicatrices que se podían ver en su gesto, la oscuridad en su mirada y la demencial frialdad que surgía de sus palabras... no había duda que cupiera, aquel sujeto no podía ser humano. Sin dejar de gritar ni un segundo y con los ojos desbordados por las lágrimas me di la vuelta rápidamente y volví a correr. De nuevo caí al suelo apenas con dos pasos, pero esta vez me levanté mucho más rápido y seguí haciendo que mis piernas se movieran al límite de sus posibilidades. Me dirigía de vuelta al lugar en el que las flamígeras llamas estarían montando su escenario especial, pero no me importaba. No me importaba en absoluto. Cualquier cosa sería mejor, cualquier cosa mejor que enfrentarse a un demonio como aquel.[/color]

Kakugo Kasuka

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